
Diego es uno de los pocos ejemplos que justifican nuestra desmesura. Ni la 9 de julio es la avenida más ancha, ni somos los únicos que tenemos todos los climas y todos los paisajes, ni fuimos los primeros en usar los micros de pasajeros, ni tantos "ni" que te aburriría si los enumero.
Maradona es y fue el mejor. Y alguna vez deberíamos ser respetuosos (y silenciosos) frente a los mejores. Ya que son tan pocos.
Su vida, con lo bueno y lo malo, es el testimonio caliente de que, en algo, somos los primeros. Gracias a él. A su incompleto metro setenta de altura, a sus gambas inimitables, a su drogona debilidad para soportar una tan poco leve existencia y gracias a su cerebro privilegiado para entender cómo dobla la pelota o la vida propia se aliena en el altar de la fama paroxística. Gracias a Diego, somos los mejores. No buenos. No originales. Desde el pueblo, los mejores.
Raro Maradona. Raro oximoron como adoraba Borges, quizás otro de los escasos ejemplos de un número uno nacional a la hora de encadenar como nadie palabras del idioma castellano: el ciego dijo "ya cae la lluvia minuciosa". Lo odio. La lluvia, definitivamente, moja minuciosa. Y nunca, a nadie, se le ocurrió decirlo.
Raro Diego porque somos los mejores en primera del plural merced al solitario talento de ese futbolista, en primera del singular.
Entonces, de los mejores entre los mejores, de los que no tienen pares, hay que aprender. Y hay que dejarlos hacer. Porque hasta cuando se equivocan, enseñan.
Me importa un bledo que jugamos mal con el cuadro que festejaba la Merkel, tan sin cuello sobre sus hombros, la señora, tan mesurada que entristecía.
Diego enseñó con desmesura ese error.
Y por todo, por lo bueno y por lo malo, yo quiero seguir aprendiendo de él. Porque es un dios pagano menos infalible que el otro que nos enseñaron y que hasta ahora trajo tan poco consuelo.
Que Grondona se deje de embromar y le pida que se quede.
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